No me preocupo de si está conectado. Ya no me importa lo que escriba en su nombre para mostrar. Le llamo algún día si me acuerdo. A veces me llama y no sé por qué. Llevo tiempo borrando sus mensajes al móvil. Cuando está triste siempre es por otra mujer. Ahora ya no guardo todos los correos electrónicos que me envía. Tampoco me interesan sus fotografías. Ya no me apetece perderme con él en ningún sitio. Somos amigos, eso dice. Yo voy anestesiándome poco a poco, voy arrancándomelo, si es que algún día estuvo ahí.

Asumo un gran porcentaje de culpa por ese vaciado al que someto mi corazón constantemente. Sí, hay ciertas cosas que escapan a mi control. Y son esas ciertas cosas las que dominan mis reacciones y mis relaciones. Esas que no manejo en absoluto, que tienen vida propia y hacen y deshacen a su antojo. En realidad, todos somos víctimas de esas ciertas cosas, pero yo no soy tan fuerte, no soy capaz de alzarme con un hacha y convertirme en su verdugo.

Dios, tengo serias dudas de tu existencia, pero si fueras cierto, tengo un mensaje para ti: eres realmente un hijo de puta. Antes de crear monstruos podrías haberte cortado las manos.